El perdón

IMAGENCuando en 2003 se estrelló un avión con más de sesenta soldados de España a bordo se produjo la mayor tragedia de nuestro ejército en época de paz y a la postre una de las mayores indecencias políticas de los últimos tiempos por la que nadie hasta ahora había pedido perdón. Conozco a Curra Ripollés, periodista de TVE y una de las portavoces de la asociación de víctimas. Era compañero suyo en los días en que tuvo que sufrir la indignante muerte de su hermano, el comandante Ripollés, en aquella chatarra alquilada a bajo precio llamada Yak-42,  y por eso pude comprobar de primera mano y casi a diario como había algo en el corazón de esas personas que iba más allá del lógico dolor: era la indignación provocaba por la soberbia, la prepotencia y la falta más absoluta de sensibilidad. Cualidades, por otra parte, que han adornado con una cierta nitidez toda la carrera política del entonces ministro de Defensa, Federico Trillo, ya exembajador de nuestro país en el Reino Unido.Estos días Curra Ripollés ha seguido ejerciendo como portavoz de las víctimas y ha agradecido el golpe de timón dado por María Dolores Cospedal, que comenzó asumiendo el informe del Consejo de Estado y ha alcanzado este lunes su punto álgido  en el Congreso de los Diputados con la petición explicita de perdón “en nombre del Estado”. Y lo cierto es que un Estado que no es capaz de rectificar ni proteger a sus victimas o a sus miembros más vulnerables no es un Estado que merezca ser considerado como tal, ni mucho menos digno de la ciudadanía. Después del perdón, logicamente y para que el gesto tenga algún sentido, tendrá que venir la reparación y la investigación hasta donde sea posible casi quince años después. Cospedal, que se ha convertido en la mayor liquidadora de lo peor de aquel PP y aquel Gobierno de José María Aznar, tendrá ahora que intentar lavar los trapos sucios del Yak-42  con el detergente adecuado, sin trampas ni disimulos como ha venido ocurriendo hasta ahora, y quizá convencer también a Mariano Rajoy para que sea él el que entone el “mea culpa” en un gran acto de reparación. Tengan por seguro que una vez abierto el canal que mantenía el agua estancada seguiremos hablando del Yak-42 en los próximos meses.

Ciertamente María Dolores Cospedal no ha dado los pasos que ha dado sin el permiso de Mariano Rajoy, incluso posiblemente sin haber hablado con el Rey, Capitán General de las FFAA, pero no es menos cierto que sin el impulso de ella nada de lo que se ha vivido en estos días se hubiera activado. Ha sido un acto de defensa propia para no quedar calcinada. Si detrás de todo hay un interés propio de la ministra de Defensa,- como se ha dicho-, de cara a su carrera política no debería escandalizar a nadie porque no conozco hasta la fecha a ningún político con un cierto grado de ambición que no inscriba cada una de sus manifestaciones o gestos importantes en una agenda política personal. Por tanto, pedir desinterés en esto es algo tan absurdo como pedirle peras al olmo o a un candidato  que no se de un paseo por el mercado en campaña electoral.

Por lo demás, pedir perdón es una bella cualidad inscrita muy especialmente en la tradición cristiana. El perdón puede tener mayor o menor intensidad, mayor o menor autenticidad, ser un gesto político o una profunda pulsión de un corazón arrepentido,  pero en cualquier caso es un recurso de primer orden para que la convivencia humana y/o política pueda seguir funcionando a pesar de todo. Cospedal ha acertado al pedir perdón, introduciendo al PP en los usos de la llamada, no sin pretenciosidad campanuda,  “nueva política”. Del mismo modo fue la única representante destacada de este partido en enarbolar el concepto de Segunda Transición hace practicamente un año, pero una vez realizado el gesto ahora el que tiene que pedir perdón en nombre propio es Federico Trillo,  el responsable directo de lo ocurrido. Es lo que humanamente corresponde.

Artículo publicado en La Tribuna de Castilla-La Mancha

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